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OPINION

In memoriam
El buen Jon

Marcos Rivera, Periodista
cartas@elfaro.net
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El padre no funcionaba en el Vaticano,
entre papeles y sueños de aire acondicionado;
y fue a un pueblito en medio de la nada a dar su sermón,
cada semana pa' los que busquen la salvación.
Rubén Blades

Allí estaba parado, en una loma de Guarjila, observando el hermoso verdor de las montañas cercanas. “La vista es preciosa” dije. “Es mejor lo que se oye”, contestó el hombre que estaba junto a mí. Pero yo no oía nada y lo dije con tono de intriga. “Fíjate y oirás el silencio”, contestó sonriente. Era Jon, el Padre Jon de Cortina, un singular sacerdote jesuita.

En el oficio de productor de un programa de perfiles biográficos, conocí a mucha gente interesante. Una de estas fue sin duda el Padre Cortina. La sencillez de su estampa no encajaba a veces con la contundencia con que defendía lo que creía justo, se tratara de un tema complejo como el de los niños y niñas desaparecidos o del fútbol español.

“Soy fanático del Atletic de Bilbao por mandato divino” dijo. “Es el único equipo perfecto que Dios ha creado, al resto lo llenó de extranjeros” afirmó sin ánimo xenófobo, pero con la velada crítica al costoso fútbol de marketing. Pude constatar la inclemencia con que trataba los seguidores barcelonistas o madridistas que llegaban a molestarlo al sencillo cubículo de docente en la UCA. “Miren, yo no hablo de fútbol con ignorantes. Deberían saber que el equipo base del dream team del Barcelona de Cruyff eran los vascos que sacó del Atletic y no los famosos holandeses”. Santa palabra.

Como agudo observador de la realidad, es que se fijó en un tema que tras el Acuerdo de Paz de 1992 y la Comisión de la Verdad en 1993 iba quedando relegado: el de las niñas y los niños desaparecidos durante la guerra. Por ellos, enfocó todos sus esfuerzo en buscar la respuesta a la inquietante pregunta de “¿Dónde están?”. El incansable trabajo de Jon y su equipo de trabajo, logró varios reencuentros, muchos de ellos quedaron plasmados en el libro “El día más esperado” del holandés Ralf Sprenkels, uno de los más cercanos colaboradores del jesuita en la Organización Pro Búsqueda.

Jon de Cortina Garaicorta nació en Bilbao el 8 de diciembre de 1934. Llegó al país en 1955, con apenas 21 años como novicio jesuita. Luego empezó un largo periplo de estudios, que lo llevaría a Ecuador, a Estados Unidos, Canadá, Alemania y España. Regresó 18 años después, en 1973, con un doctorado en ingeniería, tres licenciaturas, una en humanidades, otra en filosofía y una en teología.

Con esta formación pudo haber hecho su vida en cualquier parte del mundo, pero escogió a El Salvador, donde al igual que sus hermanos Ellacu, Segundo, Nacho, Moreno, Pardo y Lolo, se quedó a separar a los buenos de los malos, como diría Luis de Sebastián.

Fue el primer jesuita que vino con estudios en una ciencia exacta. Fundó la carrera de ingeniera civil en la UCA y empezó la leyenda del temible profesor, del que diseñó un tornillo que usó la NASA en una nave que envió al espacio, del que explicó los puntos vulnerables de los puentes colgantes, como el Puente de Oro y el Cuscatlán, antes de que los volara la guerrilla en el fragor de la guerra.

Luego del atentado terrorista del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas en Nueva York, explicó a su clase porqué se desplomó primero la segunda torre atacada. “Por que el avión pegó más abajo, el fuego doblegó la resistencia de los materiales y como soportaba más pisos encima que la otra, colapsó primero. Es lógico”.

El martirio en la UCA fue un punto de inflexión, no solo para el país, sino para la vida personal de Jon de Cortina. Fue dramático escuchar de su propia voz la forma en que vivió el martirio de sus compañeros jesuitas de la UCA aquel 16 de noviembre de 1989. “Estaba en Guarjila. En la radio leyeron la lista de los asesinados y mencionaron mi nombre, pero yo estaba vivo, estaba en Guarjila, entendí entonces que Dios quería que trabajara aquí”. Y por eso se quedó a vivir allí, en el pequeño cantón al norte de Chalatenango.

La mano del sacerdote ingeniero se siente por allí. En los sistemas de distribución de agua por gravedad, en las misas que oficiaba los domingos o en el puente sobre el Río Sumpul, delante de San José Las Flores, que construyó en 1992, en 6 meses con sólo 12 hombres. “Usó técnicas como las de los egipcios” me dijo convencido Abelino Gutiérrez, un lugareño de su confianza.

Y es que es Guarjila donde el Padre Jon aseguró con humildad que aprendió teología, donde vio el evangelio aplicado, un Dios vivo, como lo veía Monseñor Romero, a quien acompañó en su intensa peregrinación y a quien nunca dudó en reconocerlo como mártir y luego como un Santo, aún sin el nombramiento oficial de Roma.

Ahora que recuerdo al Padre Jon, no me cabe duda de que era hombre bueno, imperfecto como todos, pero de eso que hablen otros. Como alguien dijo, en una sociedad simiesca nunca faltan los detractores. Ahora que se ha marchado, sólo queda valorar su legado, dedicarle un poco de silencio, de reflexión y agradecerle por haber vivido con inspiración cristiana. Tengo la seguridad de que el Señor lo ha recibido en su seno.

Lea también:
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