[ San Salvador, 2-8 de mayo de 2005
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La inquisición de la crítica teatral

Jorge Ávalos
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La semana pasada se publicó en El Faro un artículo mío, en efecto la crítica de una crítica teatral, que generó muchas discusiones y me atrajo mucha correspondencia. El artículo, titulado "El ballet 'Don Quijote' ante la crítica", estaba escrito en términos muy fuertes porque se trataba, a mi manera de ver, de una denuncia. Me enfoqué en un texto en particular escrito por Héctor Ismael Sermeño y publicado por La Prensa Gráfica el lunes 18 de abril del corriente año.

Sé que mi artículo fue discutido en varios foros. Yo no tengo acceso a ellos pero recibí copias de muchos de esos comentarios que circularon en cadenas de correos y partir de ellos algunos patrones de pensamiento se han hecho evidentes. Uno de los temas más discutidos en torno a lo que yo escribí es si una persona debería tener el derecho a ensañarse contra otra en un medio de prensa. La mayoría de las personas opinaron que no. Aída Párraga, por ejemplo, escribió: "Para mí el problema empieza cuando perdemos el límite del respeto, hablar es nuestro derecho inalienable, pero insultar no, como tampoco lo es hacer mofa, burla y menosprecio de otro ser humano".

Yo creo que Aída, como todas las personas que opinaron como ella, tienen razón. Ni yo ni nadie tenemos el derecho a usar el espacio de los medios, o de El Faro en particular, para insultar, mofarse, burlarse o menospreciar a otro ser humano. Los límites razonables para esto no son tan claros como parecen a simple vista, pero sin lugar a dudas, los editores de este semanario virtual, tan importante como contrapeso de los otros medios, necesitan considerar esto y determinar una clara línea de conducta, que no necesita ser rígida sino justa. Por ejemplo: la sátira, la caricatura y el humor son absolutamente necesarios.

Al incorporar a mi análisis de la crítica de Sermeño comentarios que hacían mofa de sus habilidades como escritor yo crucé una línea que no debí haber cruzado. Por esa razón yo le pido mis más profundas disculpas a Sermeño y a los lectores de El Faro.

Estoy casi seguro de que nunca antes he escrito algo parecido a mi último artículo, con términos tan fuertes, en este semanario, y si ha sucedido ciertamente no fue intencional. De hecho, mis sentimientos naturales se han ubicado siempre en contra de los más injustos ataques personales. Una carta de David Hernández difamando a Horacio Castellanos Moya y publicada en El Faro me indignó tanto que escribí una respuesta. Quienes hayan leído ese artículo saben que nunca, en ningún momento, dije una sola cosa mala contra Hernández. Simplemente me dediqué a demostrar cómo las acusaciones que él hacía en su artículo eran falsas. Sus propias palabras demostraron su error.

Es un gran consuelo para mí saber que tantos artistas se hayan declarado en contra de cierto tipo de abusos que se pueden generar en torno a la práctica de la crítica. Ahora sabemos que numerosos artistas se oponen a cierto tipo de ataque: sobre todo, al ensañamiento personal y al uso de cierto tipo de epítetos. Durante mucho tiempo Sermeño, en sus numerosos artículos publicados en El Faro recurrió a epítetos como "mediocre" o "ignorante" o "incapaces de entender" para referirse a artistas, a los matutinos o, incluso, al público. Y durante mucho tiempo, Sermeño ha utilizado sus espacios de crítica para ensañarse contra artistas individuales de forma injustificada. No soy yo el que ha señalado esto, porque yo nunca antes había hablado sobre este tema en un medio de prensa.

En un artículo escrito por Elmer L. Menjívar y publicado en La Prensa Gráfica el domingo 18 de julio de 2004, los directores de teatro Roberto Salomón y Fernando Umaña se expresaron abiertamente sobre la actividad de Sermeño como crítico. Sobre el estilo "directo, beligerante y sin concesiones" de Sermeño, como lo describió Menjívar, Umaña dijo: "me parece folclórico, fuera de lo políticamente correcto. Me gusta cuando hace las cosas con el hígado". Y de Salomón, Menjívar escribe que "señala que critica 'no en la lógica de lo que está viendo, sino en la lógica de lo que quisiera que se viera' y resiente el ensañamiento contra algunos artistas, lo cual considera innecesario".

Con respecto a la Fundación Ballet de El Salvador, en dos años consecutivos, Sermeño alcanzó un nivel inesperado de ensañamiento contra sus artistas. Los atacó sobre bases falsas, fabricando o falsificando información. Esto es algo que yo he discutido ampliamente con los bailarines y bailarinas del ballet, y con sus coreógrafos y productores. No es difícil probar que en este caso los artistas tienen la razón: cuentas contables, fotografías, videos y otros documentos lo demuestran. Pero ellos no sabían cómo responder, no sabían qué hacer. Estoy seguro que los artistas que se han indignado por mis fuertes palabras sobre Sermeño, se habrían indignado contra Sermeño si se hubiesen dado cuenta de cuán destructivos han sido sus comentarios contra las dos últimas producciones de ballet. Sobre todo porque son tan desconcertantes, porque sus ataques son inexplicables a la luz de los logros concretos.

Algunas personas han sugerido que un crítico no debería ni responder ni criticar las opiniones de otros críticos. Ese planteamiento es contrario a la práctica de la crítica, que es dialógica por naturaleza: no existen verdades absolutas y un comentario crítico, por lo tanto, es sólo el inicio de un diálogo, es una provocación calculada y razonable que torna la experiencia de la recepción de una obra en un objeto de discusión. Mientras más discusión genere la crítica, y mientras más puntos de vista variados e incluso contrarios genere su lectura, mejor. Al mismo tiempo, todas las personas que escribimos y publicamos en los medios estamos sujetos a ser elogiados, criticados, reprochados, malinterpretados, cuestionados e insultados. Son gajes del oficio.

Pero hay una enorme diferencia entre estar en desacuerdo con un crítico y en denunciar errores, mentiras o falacias en los que éste ha incurrido deliberadamente. Si un crítico abusa de su poder de acceso a los medios suprimiendo o falsificando información con el propósito de generar sentimientos o valoraciones negativas en torno a un artista o a una obra, ese crítico merece ser denunciado. Ya no estamos hablando aquí de sus opiniones sino de un comportamiento claramente deshonesto. Ante esto hay que reconocer que la mayoría de los artistas escénicos en este país, y con mucha razón, tienen miedo de las represalias de los medios de prensa o se sienten incapaces de articular sus opiniones efectivamente. Un elemento que cohíbe a los artistas escénicos de hacer uso de su derecho de réplica es que los espacios periodísticos son absolutamente esenciales para ellos, pues trabajan en función de llegar al mayor público posible. Todo reportaje, toda publicidad, todo comentario que pueda despertar el interés de una persona más es crucial para una compañía de teatro o de danza. Sin embargo, necesitamos como sociedad llegar al acuerdo básico de que la difamación no tiene lugar en el mundo de las artes y de que es una responsabilidad compartida de los artistas y de los medios evitar los abusos indiscriminados.

Durante dos años consecutivos las producciones de la Fundación Ballet de El Salvador han sido el blanco de ataques muy deshonestos por parte de Sermeño. ¿Tiene esta institución el derecho de mostrar su indignación porque los comentarios destructivos publicados por este crítico en La Prensa Gráfica no se realizaron sobre "fuentes reales, verdaderas"? Por supuesto que sí. Que sea bienvenida cualquier denuncia razonable y justificada (con evidencia concreta) por parte de los artistas, del público o de quien sea.

Si vamos a tener crítica de las artes escénicas, entonces también necesitamos espacios abiertos a los artistas para que ellos puedan responder a las críticas si es necesario. Y definitivamente, necesitamos mantener abiertas las puertas del periodismo sobre las artes a las opiniones, intenciones y provocaciones de los artistas. Y nadie debería tener miedo a un buen insulto, a una observación audaz. No pueden los medios de prensa dejar de reportar una sorprendente ironía o un agudo comentario personal sólo porque el decoro o la mojigatería no se los permite. Si los medios caen en ese tipo de autocensura nunca sabremos si hay en nuestro país un Oscar Wilde, un Bernard Shaw o un Karl Krauss. No son las palabras dulces las que hacen más verde el prado. Y si una mala crítica fertiliza un debate productivo, bienvenida sea. La libertad de expresión sólo nos hará más fuertes.

Mientras tanto, la vida continúa y la tierra sigue su curso celestial, o como dijo Galileo: "Y sin embargo se mueve".

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