[ San Salvador, 6 - 12 de diciembre de 2004
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Raúl Rivero

Poemas de la cárcel: "Corazón sin furia"

David Hernandez / Colaborador
marpin@telesal.net
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Noticia: los presentes poemas fueron escritos por el poeta cubano Raúl Rivero en los veinte meses y diez días de cárcel que pasó encerrado, condenado por el „crimen“ de disentir de las esferas oficiales. Raúl Rivero fue uno de los poetas jóvenes cubanos que formaron parte del círculo de amigos intelectuales de Roque Dalton García, y entre cuyos miembros están Jesús Díaz, Luis Rogelio Nogueras y Heberto Padilla, todos ya fallecidos. Los poemas aquí publicados han sido sacados de una muestra antológica que el diario español „El País“ publica en su última edición dominical.

Noticias de Turquía

Maya, ¿por qué has ido a morirte a Estambúl
Si en Grecia y en Caracas te querían
Y en La Habana una persona seguía pensando en tí?
¿Por qué, solitaria,
tuviste que cerrar los ojos verdes
en esa ciudad donde dijeron:
mirad, se ha suicidado la extranjera?
En Atenas, en tu casa vacía, Maya querida,
te quedaban aún penas para vivir.

Amor punto final

Para este poema no había lápices,
ritmos ni hojas blancas.
Es una especie rara que ya nadie esperaba.
Éstos son peligrosos
porque bajo la mansedumbre
que los levanta
trabajan los presagios,
se esconde la sabiduría,
que tiene un sitio para las joyas
y una liturgia para los escorpiones.
¡Ah poema con minas
en todos tus acentos!
Versos que yo no esperaba,
pero estaban ahí,
a la espera de las fragilidades
y el laberinto de la línea recta.
El nevado poema castellano
Que pudo ser un madrigal
y se abre como una madriguera
donde vengo a enterrar el amor.

Plegaria tardía

Dios te salve, María López,
y otras hierbas del patio
de la vileza en la vejez
y te de fuerzas para zafarte el nudo.
Dios te salve, María,
de las tentaciones y los vicios
y te veas libre del odio
de la envidia
y del silencio.
Dios te salve del suplicio
De los malos versos
Y de la prosa de ferretería
Y te propicie un espejo indulgente
Para que te hagas una mujer conforme
Con la fealdad y con las medianías.
Dios te salve, María López,
porque tú sola
ya no puedes.

Vida de perro

Yo fui un perro feliz
que amaba como un perro
a una adivina.
Le fui fiel, le llevaba
las cartas a la mesa
y le escondía la lámpara
donde veía el futuro.

Me echaba a dormitar
sobre sus pies
lamía sus manos blancas
que tenían sabor a santidad
y a magia negra.

Le regalé una casa
pequeña, pero propia
le curé las heridas
que le hizo un borracho
cuando ella le predijo
el porvenir.

Le compré blusas
sedas, redecillas
un turbante violeta
hecho por un hermafrodita
de Bombay.

Le cedí mi cama finlandesa
y yo dormía en un saco
de harina nacional.

Así es, yo la quería
aullaba de amor
y no ladraba.

Ella debió ver algo
terrible en mi futuro
porque en noviembre
me quitó el collar
donde colgaba
(junto a la foto de ella)
la llave de la casa
y me espantó.

Desde ese día
soy este vagabundo
sucio, desamparado
que gruñe cuando pasa
una mujer.

Aunque de noche duerma
en una alcantarilla
soñando que dormito
silencioso a sus pies.

Teatro

Pasó que no nos conocimos.
Éramos los personajes
que el otro añoraba que fuéramos.
Así es que aquellos años
los perdimos
haciéndonos que amábamos.
Eso pasa, señora de Váldes,
eso sucede hasta en las mejores
familias de palabras.
Yo quise a una mujer
que Ud. no era
y Ud. a un personaje que bordé
para que me quisieran.
Hemos querido a unos fantasmas.
Sin embargo, has partes del drama
que recuerdo
y bocadillos que dije con ternura
y hay noches en que me gustaría
volver al escenario
a reencontrarle con aquella investidura
para besar en falso
esa boca de horno de carbón
y miel de abejas.

Versión libre

Fui un lobo alguna vez,
un lobo bueno,
escolta personal de la Caperucita
y enemigo probado de los leñadores.
Fui lobo mucho tiempo
Y cantábamos,
Caperucita Roja y yo cantábamos
Quién le tiene miedo al Wolf, miedo al Wolf, miedo al Wolf,
porque éramos armónicos, bilingües, afinados,
y ella tocaba el piano.
Nos queríamos,
hacíamos el amor
en la cabaña de la abuela
en pleno bosque,
con un cesto de mimbre
sobre la mesa rústica
que le daba a los besos un rumor de buñuelos.
Fui un lobo enamorado
sin instinto de lobo,
un animal de la tercera edad,
manso y tranquilo,
con ojos grandes, tristes, húmedos
las uñas de las garras recortadas y limpias,
gris y brilloso el pelo,
rojo y acompasado el corazón sin furia.
De paseo una tarde entre los árboles
la niña se quitó la caperuza
y corrió ante el leñador a denunciarme
por bestia, por amor, por gusto, por hastío,
por los motivos que siempre
proporcionan los misterios del alma.
El hombre vino con unos cazadores,
vinieron a matarme,
y a fuego de lupana
me mataron.

 

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