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EL AGORA / COMENTARIO La nostalgia de un amor tardíoLa novela de Gabriel García Márquez “Memorias de mis putas tristes” continúa en las principales vitrinas de las librerías salvadoreñas, sus páginas nos retratan un amor adolescente, por oscuro e intenso, que sin perdonar tiempos ni límites atormentó los rincones de la vida de un nonagenario. Lauri García Dueñas
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El espacio despersonalizado de un cuartucho de paso, donde se intenta vender un poco de amor entre sacudidas orgásmicas. Los hombres retozando con las mujeres al alquiler, en un espacio caluroso, lejos de la mirada pública.
Ella dormida, con su aliento ácido, una desnudez desinfectada, sus pezones taladrando la oscuridad del cuarto. Él se queda vencido, y entre delirios la ve aparecerse en su casa, colarse entre la lluvia, caminar descalza al final de la tarde. No la toca, duerme junto a ella.
Gabriel García Márquez volvió con la lucidez que solo la vejez puede proporcionar a algunos atrevidos y, sobre todo, regresó al Gabo que generaciones enteras seguimos con una especie de culto ciego a todas sus elucubraciones.
El escritor que hizo que niñas como Rebeca comieran tierra en el patio, que las mariposas amarillas pulularan por la vida de Mauricio Babilonia, que el sacerdote se enamorara de la niña pelirroja de cabellos lujuriosos, la carta que no le llegó al coronel, el amor reencontrado de dos ancianos que se embarcan, el patriarca rumiando sus desdichas.
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Luego que Macondo se pulverizara en “Vivir para contarla” y que leyéramos sus clases magistrales en talleres de guión que ha montado en la escuela para los nuevos periodistas latinoamericanos, regresó el Gabriel García Márquez que nos enseñó que la soledad de un pueblo que crepita entre la selva puede ser un lugar que todos compartimos.
“Memorias de mis putas tristes” es una historia sencilla, por lo que de fácil puede tener el camino al amor y complicada por lo que de triste también contiene. Un viejo periodista, el día que cumple 90 años, quiere regalarse un revolcón con una virgen. Pero desde la oscuridad del cuarto de paso, la niña conmueve unas fibras que yacían dormidas y egoístas.
Y entonces, la vida rompe su estática, y ella sin hablarle le muestra que no está solo, y sin tocarlo ni verlo lo hace corretearla por la casa.
No se trata entonces de monumentos previos, ni de afán de inmortalidad, se trata de una historia conmovedora, con el ritmo envidiable, el tono pausado.
Es la pluma ligera que cuenta, desenmaraña, gana cómplices, saca lágrimas. No repite fórmulas, solo es el genio que cuelga imágenes para que las contemplemos atónitos. Los personajes son profundos y viscosos, el escritor explora los abismos de dos seres disímiles.
Y sí, prefiero de todos al Gabriel García Márquez que nos conoce de sobra como para regalarnos las polaroides de un amor tardío, al caer la tarde, cuando se deshojan los almendros.
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