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La realidad de un "reality"

Carmen Elena Villacorta* / Foto: Walter Sotomayor
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Mucha tinta ha corrido ya en diversos análisis sobre el fenómeno de los mass media y es de todos conocido que la revolución cultural más significativa del siglo XX tiene que ver con la mediatización de la información y las posibilidades que la tecnología ha ido abriendo a la mundialización de los discursos a velocidades asombrosas.

Todavía no deja de sorprenderme el hecho de que mientras en la infancia de mis padres no existió la televisión, en la niñez de mi hermano y en la mía ese curioso artefacto nos proveyó muchos de los momentos más gratificantes y plenos. De igual manera, mi hermano y yo -nacidos a finales de los años 70--, nunca fuimos presas del poder que ejercen los juegos de video sobre los niños de ahora, sin los cuales la mayoría de ellos en las ciudades no podrían vivir tranquilos. Por su parte, nuestros padres, antaño desprovistos de máquinas, ahora se han visto obligados no sólo a vencer sus prevenciones hacia ellas, sino también a aprender lo más elemental de su uso para poder encajar en la nueva configuración tecnológica de la sociedad.

Es, pues, un hecho que en los últimos 50 años del siglo que recién dejamos el mundo ha modificado sustancialmente sus patrones de comunicación y, por ende, sus costumbres y modos de comprenderse a sí mismo.

Al calor de esta reflexión, se me viene a la memoria una clase escolar de literatura en la que el profesor señalaba que en los barrios más pobres de Bogotá, en esas casas en las que todos asumimos que falta de todo, lo único que no puede faltar es la antena que permite atrapar la señal televisiva. "La imagen predomina sobre la realidad", repetía una y otra vez, en esa actitud propia de los docentes.

Ahora comprendo cuanta razón tenía.

Si en nuestro pasado más próximo, en pleno auge de los ideales de la Edad Moderna, el criterio social de valoración de la verdad era determinado por las ciencias, hoy en día la fuente de verdad socialmente aceptada está en los medios de comunicación. Es decir, quienes determinan qué es lo verdadero y qué es lo falso, o más bien qué es lo que debe preocupar a la gente y de qué manera, ya no son los científicos, sino los comunicadores.

Y decir esto es más grave de lo que pudiera parecer a simple vista. En pocas palabras, vivimos en un mundo que está cada vez más lejos de garantizarnos el pan, pero que a cambio nos ofrece un circo lo suficientemente entretenido como para hacernos olvidar el hambre.

La moda de los "reality shows" me parece el ejemplo más contundente de esto. En primer lugar, el nombre mismo de este tipo de programas implica una contradicción. Un "show", un espectáculo, es la puesta en escena de un acto o una serie de actos que implican una preparación previa. En el caso de los medios audiovisuales, ésta preparación es particularmente compleja e involucra a una cantidad considerable de personal profesional y técnico. Cada set, o espacio de grabación, es cuidadosamente estudiado, iluminado y diseñado para crear cierta atmósfera y generar un efecto específico en pantalla. Así mismo, maquilladores y vestuaristas producen la imagen de quienes se verán al aire para que luzcan de un modo específico y no de otro. Eso sin hablar de la edición que redondea todo el trabajo de producción de un programa televisivo.

Cualquiera que haya presenciado la realización de un comercial publicitario o de cualquier producto audiovisual habrá podido advertir que definitivamente no se trata de un registro espontáneo de la realidad, sino de una secuencia de imágenes planeadas a priori, dirigidas y esperadas. Por eso un "show" no puede ser al mismo tiempo un "reality".

Pero más allá de las consideraciones en torno al nombre, la pregunta es ¿por qué está de moda? ¿qué es lo que vuelve a la gente fanática de este tipo de show? ¿qué se está evidenciando con esta tendencia televisiva?

Es un hecho que los "reality" generan sobre la gente una particular atracción. En principio, podría tratarse de la atracción que normalmente se genera hacia la vida íntima de alguien. Ya los preliminares de los actuales "reality" que fueron los programas del tipo "El show de Cristina", evidenciaron que los problemas personales despertaban el morbo de la audiencia y se convertían en garantía de alto rating.

Sabemos que, en su gran mayoría, el público busca en la televisión un espacio de entretenimiento, un estímulo que lo abstraiga de su cotidianidad y lo desconecte de sus preocupaciones rutinarias. Se trata de preocuparse por problemas ajenos y ficticios para desentenderse de los propios.

Un buen día, los hábiles encargados del marketing descubrieron que generar esos problemas ajenos, haciéndolos pasar por reales daba mejores resultados. Es así como surgen los "reality".
Ahora ya no es necesario interactuar con los demás, ni molestarse en conocer profundamente a alguien para establecer una relación de amistad o al menos un romance pasajero. Según parece, todos los perfiles de personalidad, todas las situaciones y todas las modalidades de relaciones pueden encontrarse en programas como "Big Brother", "La Academia", "Dismissed" o "Expedición Robinson".

El caso del reality mexicano "Big Brother" es paradigmático, tanto por la cantidad de aficionados que ha adquirido, como por el número de horas de transmisión que le adjudican. Suscrito a un sistema especial de cable, un adicto al programa puede pasar las 24 horas de un día desarrollando encendidas pasiones alrededor de un grupo de personas a la que jamás ha visto y que nunca conocería de otra manera.

Eso significa un día entero de la vida de un teleadicto en el que no entabló una conversación interesante con nadie, no conoció a nadie nuevo, no leyó un libro, no asistió a un evento cultural serio ni reflexionó a cerca de sí mismo. Un día, una noche o un fin de semana enteros dedicados a vivir a través de otros, a sentir a través de otros, a suspender el propio ser para convertirse en pasivo espectador de todos los detalles, en su mayoría absolutamente intrascendentes, del quehacer ajeno.

Es así como la vida del televidente pasa a consistir en un mero observar vivir a los demás. Con ello se evita el molesto llamado de la verdadera realidad a hacernos cargo de ella. Ya no digamos de la realidad social, política y económica, sino de la propia realidad.

Y es que no se trata de un sano proceso de identificación con los personajes, como ocurre con el buen cine o el buen teatro. De una actuación que permita tomar distancia de los roles, entender mejor las psicologías humanas, y en definitiva enriquecernos con nuevas perspectivas, críticas y formas de valorarnos. Se trata de una banalización de la conducta, de una manera de vender cualquier conversación, cualquier situación, cualquier expresión como digna de ser vista por miles por el simple hecho de estar apareciendo adelante de unas cámaras.

La televisión se ha estado convirtiendo aceleradamente en el lugar de cualquier cosa. Y lo grave del hecho, sin tener en cuenta lo indignante que resultan los miles de dólares que se destinan a la producción de programas, es que se privilegian esas "cualquier cosas" que sirvan para hipnotizar, para despistar, para hacer olvidar a la gente su propia realidad.

Con el nombre de "reality" se vende un show que lejos de acercar a la propia realidad, nos aleja de ella. En un mundo empecinado con el combate hipócrita de los estupefacientes, el espectáculo de mayor actualidad y alcance es aquel que genera los efectos más similares a una droga: la distorsión y evasión de lo que realmente sucede.

Efectiva forma de confundir la realidad con la ficción, de modo que lo ficticio parezca lo real y lo real permanezca convenientemente oculto. Efectiva manera de evaporarnos lo más primario, lo más elemental, lo más personal que tenemos: nuestra propia vida, nuestra capacidad de relacionarnos con otros, nuestra necesidad de humanizarnos y humanizar el mundo en esa interacción constante, en esa presencia conciente.


* La autora es licenciada en Filosofía y ha sido catedrática de Antropología para estudiantes de ciencias económicas en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.

 

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